En esto de vivir normalmente suele tener más peso, y nos agobia, de sentirlo como tal, las cosas que suceden a corto plazo. Tendemos a establecer juicios e impresiones generales, hasta fundamentales, incluso vitales, referenciando las misma a nuestra experiencia actual: a veces nos desesperamos, otras ni fu ni fa y otras derrochamos felicidad por los poros. En definitiva, y es hasta cierto punto normal, nos sentimos como estamos.
Dicho esto, cabe expresar que hay un cierto punto de aleatorio destino que nos toca, y nos toca. Normalmente solemos recoger lo que sembramos... Pero en determinadas facetas de la vida, tenemos lo que toca. Y es sobre esto de lo que va esta pequeña reflexión.
Esto de lo que toca es realmente variopinto y confuso. Pero, por identificar lo mas relevante, aquello que me sirva para acotar el campo, voy a referirme aquellas pequeñas o grandes cosas que nos sacan de quicio, que nos oprimen y a otras que nos asientan en términos de felicidad, más o menos intensamente.
Sé que puede sonar a relativismo, pero en esto del discurrir vital ni todo es blanco ni todo es negro. Pero cuando estamos en lo negro, creo que estamos verdaderamente tiznados en todo lo que entendemos y sentimos, mucho más, en su duración, que cuando andamos por la luminosa senda de la estabilidad, que ya de por sí es blanco o por la felicidad o el subidón, por más que este dure.
Es como fraccionar un paisaje y tomar una parte de él. Ahí estamos instalados y esperamos, más o menos pacientemente, poder encontrar, o que nos encuentren, otras partes más atractivas y que, en conjunto, hagan o vayan haciendo una instantánea más agradable.
¿Pesimista? ¿Optimista? ¿Pesi-Optimista?
Yo soy de la opinión de aquellos que, con paciencia benedictina, me han aconsejado, y lo han hecho bien, que cuidarse y quererse a uno mismo es la raíz de la superación y de la conviviencia. Buscar lo que en otra entrada se alude como MOMENTAZOS, está muy bien. Pero tener conciencia de que uno se debe de procurar los homenajes, sus propias recompensas, sin esperar a que se las cuelguen, es lo más fundamental.
Teniendo en cuenta las cargas personales y sociales que cada uno tenemos, esta propuesta será gobernada desde la previsible acusación de egoísmo. Nada más lejos. No es excluyente, porque lo que debemos tener muy en cuenta (y que lo tengan otros depende de los otros) es que la esencia de uno mismo es lo que nos va a dar la normalidad y fortaleza para tratar nuestra relación con los demás. Y solemos olvidarnos de nosotros. De cada uno de nosotros.
Sé que es complicado eludir compromisos, responsabilidades y obligaciones para con los demás. Pero es nuestra gran empresa lograrlo y, por supuesto, respetar la reclamación de los demás de sus propios espacios. Abandonarnos al día a día, no separarnos un poco de lo cotidiano, de alguna forma, no creo que haya muchas recetas, es francamente negativo.
Pero las alternativas que tenemos pasan por realizar, llevar a término, proyectos, ilusiones y lo que llamamos gustos: en nuestro caso participar en carreras, viajar, alcanzar objetivos profesionales, encontrar amistades, disfrutarlas, etc.
Digo todo esto porque todo es importante. Todo. Nuestra familia, nuestro trabajo.... ¡pero también NUESTRA vida! Y la solemos postponer en relación a los demás. Y, siendo admirable la actitud, a mí me parece que siendo siempre el último de la fila se come uno todos los marrones. Por lo tanto, reclamo para cada uno el derecho de autodeterminación.
Pasemos de las tareas de mantenimiento de todo lo que depende funcionalmente de cada uno, a abrir nuestra propia y privativa vía y vereda, por la que transitemos y reconozcamos nuestra esencia y nos haga ser destino o destinatario de nuestros propios triunfos, que no son nada más ni nada menos que aquellos relacionados con nuestra lucha diaria por llegar al fin de la jornada con todo más o menos controlado.
¡DAROS CAPRICHITOS, que es saludable! Abramos una puerta al equlibrio de nuestra vida con la autoestima necesaria para aguantarnos entre nosotros y a uno mismo.






